A propósito del año y medio en cuarentena, de la obligada mirada que tuvimos que echar todos hacia nuestro interior, primero a través de nuestras 4 paredes, en donde muchos comenzamos tomándolo como un juego y aprovechamos para ver Netflix sin culpa, pero después de un tiempo, la cuarentena seguía, y comenzamos a extrañar los rituales que nos contenían y que le daban estructura a nuestros días. Entonces comenzamos a depurar cajones, a cambiar los muebles de lugar, a pintar las paredes, hacer las reparaciones que estuvieron pendientes durante años para el día en que tuviéramos tiempo.
Muchos nos deprimimos, nos desesperamos, muchos comenzamos a aprender algo nuevo, adoptamos nuevos hobbies, leímos los libros que tuvimos ahí formados también durante años.
Y la cuarentena seguía…
Me gusta pensar en ese periodo como los 11 años de encierro de Edmundo Dantes en El conde de Montecristo.
Qué mejor que comenzar a dejarnos guiar por nuestra genuina curiosidad, por nuestra esencia “autotélica” en la que podemos hacer las cosas por el propósito de hacerlas y nada más, aunque a algunos antes que a otros nos comenzó a mover el aspecto económico. Buscábamos cómo podíamos generar recursos en la situación que nos encontrábamos.
En fin, pasamos por diferentes etapas en este largo proceso que llegó para quedarse y que a lo más que podemos aspirar es a continuar saliendo con el uso riguroso de máscara, gel desinfectante y registrar nuestra temperatura en cada lugar en el que entramos.
Algo que salta a mi vista cuando observo nuestro transitar por esta experiencia es que eventualmente todos comenzamos a buscar “volver a nuestro centro”, recuperar el equilibrio, imponernos horarios, invertimos más tiempo en cocinar, comenzamos a hacer las cosas con calma. De alguna manera sucedió el milagro que nos permitió detener la inercia del sistema y fue como si de pronto todos hubiéramos comenzado a habitarnos a nosotros mismos y a vivir en nuestra propia vida. Tuvimos que hacernos presentes, estar aquí y ahora, conectarnos con nuestro cuerpo, pues incluso nuestros horarios de comida y sueño sufrieron cambios, entonces tuvimos que comer cuando sentimos hambre y no porque fuera la hora de comer y lo mismo para dormir.
Mi reflexión va en el sentido de reconocer cuánto ganamos cuando nos quedamos aislados de todo y de todos y fuimos lanzados hacia nosotros mismos.
Y es que, claro, no se trata de generalizar. Hubo crisis que se agudizaron, hubo personas que se suicidaron, hubo mucha gente que murió o que perdió a un ser querido, hubo quien perdió todo lo que tenía, su trabajo, su empresa, su relación, su familia, su matrimonio… por eso es una crisis mundial y no es para menos el título.

Sin embargo, sigo pensando que para muchos fue una oportunidad para encontrarse y conocerse.
Lo valioso de esto es que, como un acto de amor a nosotros mismos, buscamos la manera de estar mejor, de sentirnos alegres, de tener más salud, más dinero, más amor… de mejorar nuestra calidad de vida.
Y el maravilloso tesoro que encontramos es que nuestra antigua vida pasando de 3 a 4 horas en el tráfico diariamente, en una oficina de 8 a 12 horas sin ver la luz natural, sin sentir el viento en la cara, con 20 minutos para comer o fuera la que fuera nuestra rutina, me parece que nos pudimos liberar del temor de perder esa vida que nos esclavizaba, pues cuando nos tuvimos que ir a nuestras casas y encontrarnos con nuestra “realidad”, resultó que pudimos transformarlo todo en algo mucho mejor.
Con este pensamiento pretendo que abracemos con fuerza el estilo de vida que nos construimos en la cuarentena, en el que tomamos baños largos, cocinamos con amor, hicimos ejercicio, leímos los libros que nos llamaron, aprendimos de aquellas cosas que siempre quisimos, mejoramos nuestros espacios, los limpiamos a profundidad, los embellecimos para nosotros mismos, dormimos nuestras horas, usamos cremas y perfumes para nosotros mismos, nos maquillamos y nos vestimos para nosotros mismos… y así, desde el estilo de vida que construimos, pudimos estar bien y al mismo tiempo que compartimos con otros nuestra mejor versión, nos vivimos con nuestra versión personal, única e individual de cómo conseguir el bienestar.