Hola, mi nombre es Sara, soy arquitecta, madre de dos casi adolescentes y una bebé. Me apasiona mi profesión porque permite la interacción con personas en situaciones, circunstancias y necesidades diferentes y encuentro que en todas la mejor alternativa es la más ecológica, ya sea la enorme mansión en medio de la urbe con sistemas de riego automatizados y calefacción solar como el sistema de captación de agua pluvial y el biodigestor en zonas rurales. No porque está de moda ser ecologista, sino porque somos parte de un ciclo infinito conformado por muchos sistemas que dependen uno de otro y se perfeccionan entre sí. Algo parecido a una relación de pareja. Cada persona aporta una parte única e irreemplazable siempre complementaria, como el roto para el descocido.

Una constante indispensable en la naturaleza es la adaptación, así como una pareja desemboca en tragedia cuando alguna de las partes pierde su identidad y pretende ser algo que realmente no es, así mismo sucede en la naturaleza, cuando tratamos de hacer que alguno de sus elementos pertenezca a un sistema del que no forma parte. Daré un ejemplo, construimos paredes gigantescas que representan enormes costos económicos y ecológicos, para detener grandes cantidades de agua, al contrario de la naturaleza que absorbe el agua a través de millones de pequeñas hojitas en los árboles. Es entonces que ese muro de concreto que queremos que forme parte del ciclo del agua, en realidad es un intruso que afecta a esa relación mágica. Por esto es que, después de mucho reflexionar, por fin identifiqué que la solución es ser quién eres y aportar lo que naturalmente te corresponde, esas cosas que te hacen parte irreemplazable de la relación, para que la adaptación al medio sea totalmente resiliente y que nuestra huella ecológica sirva de abono para el resto de la biodiversidad.